jueves, 24 de marzo de 2011
lunes, 7 de marzo de 2011
lunes, 14 de febrero de 2011
Raúl Scalabrini Ortiz Por Juan José Hernández Arregui

Este texto corresponde a las palabras de Juan José Hernández Arregui en oportunidad de recordarse a Raúl Scalabrini Ortiz en 1972 en la Recoleta, durante la dictadura militar de Alejandro Lanusse. Fue publicado en Peronismo y Liberación Nº 1 en agosto de 1974. Lo reproducimos con motivo del aniversario del nacimiento de Scalabrini Ortiz el 14 de febrero de 1898.
Raúl Scalabrini Ortiz es un símbolo vivo de la inteligencia nacional. Dotado de talento literario, no fue ni un poeta, ni un historiador, ni un filósofo, ni un economista, pero supo congeniar, en la unidad ensimismada de la pasión, la poesía, la historia y la economía en una visión trascendente de la patria. Su obra tiene la potencia de un vislumbramiento. Y la imagen del país bajo la dominación extranjera, se aunó, en Scalabrini Ortiz, a la profecía de una Argentina rescatable por y para los argentinos. Raúl Scalabrini Ortiz es, por encima de todo, un ejemplo de la dignidad de la inteligencia nacional. Deshizo idolatrías, embaucamientos, espejismos, descarnó la verdad espectral de una Argentina subyugada y presagió la proeza más grande de un pueblo: su liberación nacional. Fue un escritor pero desdeñó a los escritores sin apego a la tierra. Con conciencia histórica entrañable amó a las masas más allá de las vanidades y conveniencias personales de la mayoría de los intelectuales, adheridos al sistema, esto es, indiferentes o al servicio de las fuerzas extranjeras destructoras que hicieron de la Argentina una factoría y no una nación afirmada en sí misma. En esta atmósfera bastarda de 1930 se elevó su voz de patriota. Silenciado, fue un anticipo y una iluminación. No tuvo prensa. Pero sus ideas prendieron en millares de argentinos y se amasaron con el pueblo. No cosechó aplausos. Pero hoy, ese pueblo —gigante colectivo como él lo llamó— lo sabe suyo y lo consagra con el nombre glorioso de patriota. Raúl Scalabrini Ortiz fue una pasión reconcentrada. Y nada grande se ha hecho sin pasión, sin esa fe en la tierra que es sacrificio y resistencia frente a las invisibles sujeciones externas que nos vedan construir el destino nacional. Fue una inteligencia clara en una época oscura, invalidada por fuerzas oscuras, acatada por personeros oscuros, mediatizada por intelectuales oscuros, por lacayos con fama. Raúl Scalabrini Ortiz, es por eso, la encarnación de la inteligencia nacional digna en medio de la indignidad del coloniaje. De un colonialismo que todo lo corrompe y desfigura. A ese poder de los centros de dominio mundial, Raúl Scalabrini Ortiz lo enfrentó canjeando con la certeza casi alucinada de su destino individual, la muerte en vida por la inmortalidad después de muerto. Eso fue y es Raúl Scalabrini Ortiz.
Raúl Scalabrini Ortiz luchó y pensó en una Argentina en la que la causa de sus males, tan grande era el poderío extranjero, yacía ignorada por los propios argentinos. Scalabrini Ortiz penetró en esa esfera de claudicaciones secretas y silencios culposos, en ese mundo de la enajenación del país al dominador ultramarino. Intuyó las raíces del drama nacional, verificó sospechas, anudó datos, y reveló al fin, con veracidad ilevantable, la trama de los hechos e infidelidades que hicieron del país una colonia británica sin luz propia. En todos sus escritos late un sentimiento de melancolía y, a un tiempo, de esperanza en el pueblo argentino. Jamás de de impotencia. Fe que Scalabrini Ortiz vio personificada en las masas nacionales sin nombre, que con Perón, habrían de ejecutar la hazaña colectiva de una Argentina manumitida de la opresión imperialista. En aquella atmósfera de agobio material y mental de la década infame, mostró los nudos de nuestra dependencia disimulados tras la fachada de una historia falsificada donde los vendidos eran proceres y los patriotas desterrados en su tierra argentina. Vio por eso, en el genio multitudinario del pueblo, la historia real, la historia viviente hecha por las masas depositarías y autoras de la grandeza nacional, pues son ellas, las masas, el instrumento de que se vale la Historia para alcanzar sus fines. De ahí la fuerza de ese proletariado que Scalabrini Ortiz describió en sus páginas famosas sobre el 17 de Octubre de 1945, que lo contó como a su testigo más ilustre. Y, también, por eso, Raúl Scalabrini Ortiz, hombre altivo y sin compromisos fáciles, vio en Perón la historia de las masas argentinas encarnadas en un grande hombre. Esto explica por qué la clase obrera designa en Raúl Scalabrini Ortiz a uno de los suyos. El pensamiento de los patriotas no muere. Vive y perdura en las masas nacionales. Los trabajadores por eso ven en Scalabrini Ortiz a un insigne intérprete de la conciencia nacional de los argentinos.
Raúl Scalabrini Ortiz estuvo sólo. Sin embargo, un verdadero escritor nacional nunca está solo. Su obra, inspirada en el pueblo, al pueblo vuelve. Y, tarde o temprano, la colectividad entera lo convierte en parte dolorosa y triunfante de la patria. De la patria a construir. Pues no hay patria sin soberanía nacional. Bajo el dominio extranjero la patria no es una categoría histórica inmóvil, sino lucha viva, desgarrada, permanente, por la liberación nacional. Hay dos patrias. La de los que la gozan, la prostituyen y la explotan. Y la de los que la padecen. La de Raúl Scalabrini Ortiz fue una patria padecida. Una patria oprimida. En esa patria negada por una minoría que la inmola a sus intereses de clase y, en contraposición, afirmada por el pueblo, Raúl Scalabrini Ortiz fue —lo repetimos— la dignidad de la inteligencia nacional. Y eso plantea el problema de los intelectuales en los países coloniales. En general, los intelectuales forman una capa social admitida y palmoteada mientras cortejen con su palabra o su silencio a la clase dirigente. En el caso argentino, y en la época de Scalabrini Ortiz, a la oligarquía terrateniente satélite de Gran Bretaña. Este es un fenómeno típico de todos los países dependientes, en los que la subordinación del país crea, a su vez, intelectuales subordinados a esa oligarquía, y en nuestros días, a los grupos económicos ligados, en particular en la Argentina, al imperialismo yanqui. O mejor, anglosajón. En tal orden, la “libertad” de la inteligencia es una ficción escandalosa, o sea, “libertad” para consentir en forma abierta o encubierta, la dependencia del exterior. Y en esto reside la traición de los intelectuales al país que sufre la opresión extranjera. No pueden hablar de libertad aquellos que dependen de diarios, revistas, cátedras pagadas directa o indirectamente por el colonialismo, y por ende, controlados por la censura oficial.
En los países coloniales —y la Argentina lo cual lucha como pueblo sin pedir un mendrugo de gloria. La mayoría de los intelectuales, esos que han logrado un nombre, se refugian en la abstención política, que es una forma del sometimiento. Tales intelectuales son parte del espectáculo colonial. Dígase cuanto se quiera, la realidad que circunda al intelectual es política y su silencio es político. El silencio de los intelectuales se llama traición al país. Para ellos, ser escritor es conseguir publicidad a costa de cualquier prevaricato. Por eso, en tanto masajistas del éxito social son no más que fugaces pasajeros de la fama. Y el pueblo los ignora. Hablan de libertad pero medran a la sombra del sistema que deroga la libertad del pueblo. Si los intelectuales se apartan de la política no es por superioridad sino por cobardía y adhesión tácita o expresa al colonialismo. Por eso tales intelectuales en los programas de radio o televisión, se expresan con palabras a medias, triviales, conformistas, alejadas de los problemas ardientes del país. La dependencia colonial no sólo es económica, es en su mediatización más innoble, colonización intelectual. Un intelectual que calla el horror y la vergüenza del colonialismo, es un mercenario que sirve a las potestades aciagas que paralizan al país. El intelectual que no usa sus conocimientos como militancia, de hecho acepta al régimen colonial que exige y paga la existencia de una inteligencia adicta. El valor de una obra se mide por su posición crítica frente a la época en que nace, por la postulación de los problemas que agitan a la comunidad, y esta misión de los intelectuales sólo es posible cuando se desafían sin renuncias a los poderes que velan, a través de las desfiguraciones del imperialismo y sus aliados nativos, los problemas nacionales irresueltos. En un país colonizado la labor del escritor es militancia política. De lo contrario es pura miseria de la inteligencia pura. ¿Cuándo la Universidad ha alzado su voz contra el colonialismo? ¿No prueba esto que la Universidad, antes que templo del saber, es el asilo de la cultura colonial? O sea, de la invasión mental desfuerzas extrañas a lo propio. ¿Cuándo los escritores argentinos agremiados en la SADE han denunciado la entrega del país, los fusilamientos de 1956, las torturas, las proscripciones políticas de millones de argentinos? ¿Cuándo? Los trabajadores hacen bien en desconfiar de esa “inteligencia” argentina que no osa decir su nombre mientras el país se debate en la violencia, en la lucha por la liberación nacional.
Raúl Scalabrini Ortiz luchó y pensó en una Argentina en la que la causa de sus males, tan grande era el poderío extranjero, yacía ignorada por los propios argentinos. Scalabrini Ortiz penetró en esa esfera de claudicaciones secretas y silencios culposos, en ese mundo de la enajenación del país al dominador ultramarino. Intuyó las raíces del drama nacional, verificó sospechas, anudó datos, y reveló al fin, con veracidad ilevantable, la trama de los hechos e infidelidades que hicieron del país una colonia británica sin luz propia. En todos sus escritos late un sentimiento de melancolía y, a un tiempo, de esperanza en el pueblo argentino. Jamás de de impotencia. Fe que Scalabrini Ortiz vio personificada en las masas nacionales sin nombre, que con Perón, habrían de ejecutar la hazaña colectiva de una Argentina manumitida de la opresión imperialista. En aquella atmósfera de agobio material y mental de la década infame, mostró los nudos de nuestra dependencia disimulados tras la fachada de una historia falsificada donde los vendidos eran proceres y los patriotas desterrados en su tierra argentina. Vio por eso, en el genio multitudinario del pueblo, la historia real, la historia viviente hecha por las masas depositarías y autoras de la grandeza nacional, pues son ellas, las masas, el instrumento de que se vale la Historia para alcanzar sus fines. De ahí la fuerza de ese proletariado que Scalabrini Ortiz describió en sus páginas famosas sobre el 17 de Octubre de 1945, que lo contó como a su testigo más ilustre. Y, también, por eso, Raúl Scalabrini Ortiz, hombre altivo y sin compromisos fáciles, vio en Perón la historia de las masas argentinas encarnadas en un grande hombre. Esto explica por qué la clase obrera designa en Raúl Scalabrini Ortiz a uno de los suyos. El pensamiento de los patriotas no muere. Vive y perdura en las masas nacionales. Los trabajadores por eso ven en Scalabrini Ortiz a un insigne intérprete de la conciencia nacional de los argentinos.
Raúl Scalabrini Ortiz estuvo sólo. Sin embargo, un verdadero escritor nacional nunca está solo. Su obra, inspirada en el pueblo, al pueblo vuelve. Y, tarde o temprano, la colectividad entera lo convierte en parte dolorosa y triunfante de la patria. De la patria a construir. Pues no hay patria sin soberanía nacional. Bajo el dominio extranjero la patria no es una categoría histórica inmóvil, sino lucha viva, desgarrada, permanente, por la liberación nacional. Hay dos patrias. La de los que la gozan, la prostituyen y la explotan. Y la de los que la padecen. La de Raúl Scalabrini Ortiz fue una patria padecida. Una patria oprimida. En esa patria negada por una minoría que la inmola a sus intereses de clase y, en contraposición, afirmada por el pueblo, Raúl Scalabrini Ortiz fue —lo repetimos— la dignidad de la inteligencia nacional. Y eso plantea el problema de los intelectuales en los países coloniales. En general, los intelectuales forman una capa social admitida y palmoteada mientras cortejen con su palabra o su silencio a la clase dirigente. En el caso argentino, y en la época de Scalabrini Ortiz, a la oligarquía terrateniente satélite de Gran Bretaña. Este es un fenómeno típico de todos los países dependientes, en los que la subordinación del país crea, a su vez, intelectuales subordinados a esa oligarquía, y en nuestros días, a los grupos económicos ligados, en particular en la Argentina, al imperialismo yanqui. O mejor, anglosajón. En tal orden, la “libertad” de la inteligencia es una ficción escandalosa, o sea, “libertad” para consentir en forma abierta o encubierta, la dependencia del exterior. Y en esto reside la traición de los intelectuales al país que sufre la opresión extranjera. No pueden hablar de libertad aquellos que dependen de diarios, revistas, cátedras pagadas directa o indirectamente por el colonialismo, y por ende, controlados por la censura oficial.
En los países coloniales —y la Argentina lo cual lucha como pueblo sin pedir un mendrugo de gloria. La mayoría de los intelectuales, esos que han logrado un nombre, se refugian en la abstención política, que es una forma del sometimiento. Tales intelectuales son parte del espectáculo colonial. Dígase cuanto se quiera, la realidad que circunda al intelectual es política y su silencio es político. El silencio de los intelectuales se llama traición al país. Para ellos, ser escritor es conseguir publicidad a costa de cualquier prevaricato. Por eso, en tanto masajistas del éxito social son no más que fugaces pasajeros de la fama. Y el pueblo los ignora. Hablan de libertad pero medran a la sombra del sistema que deroga la libertad del pueblo. Si los intelectuales se apartan de la política no es por superioridad sino por cobardía y adhesión tácita o expresa al colonialismo. Por eso tales intelectuales en los programas de radio o televisión, se expresan con palabras a medias, triviales, conformistas, alejadas de los problemas ardientes del país. La dependencia colonial no sólo es económica, es en su mediatización más innoble, colonización intelectual. Un intelectual que calla el horror y la vergüenza del colonialismo, es un mercenario que sirve a las potestades aciagas que paralizan al país. El intelectual que no usa sus conocimientos como militancia, de hecho acepta al régimen colonial que exige y paga la existencia de una inteligencia adicta. El valor de una obra se mide por su posición crítica frente a la época en que nace, por la postulación de los problemas que agitan a la comunidad, y esta misión de los intelectuales sólo es posible cuando se desafían sin renuncias a los poderes que velan, a través de las desfiguraciones del imperialismo y sus aliados nativos, los problemas nacionales irresueltos. En un país colonizado la labor del escritor es militancia política. De lo contrario es pura miseria de la inteligencia pura. ¿Cuándo la Universidad ha alzado su voz contra el colonialismo? ¿No prueba esto que la Universidad, antes que templo del saber, es el asilo de la cultura colonial? O sea, de la invasión mental desfuerzas extrañas a lo propio. ¿Cuándo los escritores argentinos agremiados en la SADE han denunciado la entrega del país, los fusilamientos de 1956, las torturas, las proscripciones políticas de millones de argentinos? ¿Cuándo? Los trabajadores hacen bien en desconfiar de esa “inteligencia” argentina que no osa decir su nombre mientras el país se debate en la violencia, en la lucha por la liberación nacional.
Mas, junto a estos escritores hay otros. Una minoría que, en rigor, representa a las mayorías nacionales sin libros pero con conciencia de la patria avasallada. Son intelectuales que no se resignan ante el estado de cosas establecido, y muestran tanto los mecanismos y las lacras pestíferas de la servidumbre colonial como el papel subalterno del la inteligencia culpable. De esos intelectuales que mientras el pueblo lucha en las fábricas, en las calles, aparecen en las pantallas de televisión, y del este modo, lo sepan o no, son parle de los avisos comerciales, el lado culto de la servidumbre cultural al imperialismo.
Los escritores auténticos saben soportar el silencio y prefieren darle formas de ideas a las intuiciones y heroísmos colectivos convirtiéndose así en testigos y actores de la época que les toca vivir. A esta raza de escritores nacionales perteneció Raúl Scalabrini Ortiz, prototipo del intelectual que hizo del pensamiento argentino militancia política y no de la política algo negable por una inteligencia amordazada. Así se realizó Raúl Scalabrini Ortiz
El 10 de junio de 1944, el coronel Perón pronunció en la Universidad de La Plata la conferencia inaugural en la Cátedra de Defensa Nacional de aquella casa de estudios. Finalizada la disertación se trasladó al balneario del Jockey Club, en Punta Lara, donde se le ofrecería un banquete; lo hizo en compañía del mayor Fernando Estrada (subsecretario de Trabajo y Previsión) de Raúl Scalabrini Ortiz y de los jóvenes dirigentes de FORJA, doctores Rene Saúl Orsi y Miguel, López Francés. La presencia de Scalabrini y demás militantes forjistas se explica, ya que FORJA fue la primera agrupación política de jerarquía nacional que se solidarizó con la orientación económico-social impresa por el coronel Perón al gobierno constituido en junio de 1943.
Durante la reunión —de la cual participaron alrededor de cincuenta personas, entre ellas, los generales Reynolds y Perlinger, el brigadier Zuloaga y los doctores Baldrich y Labougle— el coronel Perón habló extensamente con Orsi y López Francés, exponiendo con la precisión y brillo conocidos la tesitura de su política. En esas circunstancias, Scalabrini le hizo llegar por intermedio de Orsi un breve mensaje escrito en la tarjeta de invitación al banquete. “Coronel: le vamos a pedir los trencitos”, decía, ratificando así una de las demandas esenciales del pueblo argentino toda vez que la recuperación de los medios de comunicación por el estado constituía uno de los principales objetivos de la lucha por la emancipación nacional
Los escritores auténticos saben soportar el silencio y prefieren darle formas de ideas a las intuiciones y heroísmos colectivos convirtiéndose así en testigos y actores de la época que les toca vivir. A esta raza de escritores nacionales perteneció Raúl Scalabrini Ortiz, prototipo del intelectual que hizo del pensamiento argentino militancia política y no de la política algo negable por una inteligencia amordazada. Así se realizó Raúl Scalabrini Ortiz
El 10 de junio de 1944, el coronel Perón pronunció en la Universidad de La Plata la conferencia inaugural en la Cátedra de Defensa Nacional de aquella casa de estudios. Finalizada la disertación se trasladó al balneario del Jockey Club, en Punta Lara, donde se le ofrecería un banquete; lo hizo en compañía del mayor Fernando Estrada (subsecretario de Trabajo y Previsión) de Raúl Scalabrini Ortiz y de los jóvenes dirigentes de FORJA, doctores Rene Saúl Orsi y Miguel, López Francés. La presencia de Scalabrini y demás militantes forjistas se explica, ya que FORJA fue la primera agrupación política de jerarquía nacional que se solidarizó con la orientación económico-social impresa por el coronel Perón al gobierno constituido en junio de 1943.
Durante la reunión —de la cual participaron alrededor de cincuenta personas, entre ellas, los generales Reynolds y Perlinger, el brigadier Zuloaga y los doctores Baldrich y Labougle— el coronel Perón habló extensamente con Orsi y López Francés, exponiendo con la precisión y brillo conocidos la tesitura de su política. En esas circunstancias, Scalabrini le hizo llegar por intermedio de Orsi un breve mensaje escrito en la tarjeta de invitación al banquete. “Coronel: le vamos a pedir los trencitos”, decía, ratificando así una de las demandas esenciales del pueblo argentino toda vez que la recuperación de los medios de comunicación por el estado constituía uno de los principales objetivos de la lucha por la emancipación nacional
Leyó Perón el mensaje y, en seguida, apartándose del grupo, se acercó a Scalabrini para manifestarle personalmente que si se superaban con éxito las dificultades de todo orden que obstruían el desarrollo del movimiento político-social en gestación, una de las primeras medidas a adoptarse sería la compra de los ferrocarriles.
Perón cumplió, y el 1º de marzo de 1948 cuando el gobierno justicialista tomó posesión de todos los ferrocarriles nacionales, Scalabrini Ortiz fue invitado por el presidente de la república a concurrir a la ceremonia oficial. Honraba Perón así al hombre que había servido al país, con su clara inteligencia, al desvirtuar una de las mentiras más finamente urdidas por la extranjería. como escritor y como hombre, es decir, como argentino total. No aceptó la neutralidad de la inteligencia. Luchó sin lamentaciones contra la montaña de falseamientos y cancelaciones canallas de la antipatria. Y aquí debo tocar, aunque más no sea de paso, un hecho en la vida de Raúl Scalabrini Ortiz. Como todo gran patriota fue calumniado y odiado por los personeros de la entrega, por el liberalismo colonial aliado a Gran Bretaña, y por la izquierda extranjerizante que lo acusó de “nazi”, justamente a este defensor de las masas proletarias postergadas y de la soberanía nacional profanada por la oligarquía y el imperialismo. Pero una infamia aún más inicua rozó a Raúl Scalabrini Ortiz. Al caer Perón, bajo la instigación directa de Rogelio Frigerio y Arturo Frondizi se intentó apañar con su nombre la entrega del petróleo. No podemos hacer aquí la historia de esta operación fría, imperdonable y cruel. Pero ayer, en un diario de esta capital, se insiste en esta infamia. Sólo diremos en este acto, que por solemne exige la verdad, que para usufructuar el nombre de Raúl Scalabrini Ortiz, se adulteraron los contratos con las compañías norteamericanas presentándolos como favorables al interés nacional. Raúl Scalabrini Ortiz retrocedió a tiempo y permaneció incorruptible ante su pueblo. Pero la amargura de esta operación perversa fraguada por quienes se dijeron sus amigos, lo acompañó hasta la tumba, y quedará como un estigma irredimible en la conciencia de los culpables. Y finalmente, condenado a vivir en la sombra, Raúl Scalabrini Ortiz alumbró toda una época.
Raúl Scalabrini Ortiz pronosticó sobre las piltrafas áureas de la Argentina colonial, el porvenir de la Argentina liberada y su efectuación histórica en la actividad de las grandes masas nacionales. Eso fue Raúl Scalabrini Ortiz. Por eso, repetimos, es un símbolo vivo de la inteligencia nacional.
Perón cumplió, y el 1º de marzo de 1948 cuando el gobierno justicialista tomó posesión de todos los ferrocarriles nacionales, Scalabrini Ortiz fue invitado por el presidente de la república a concurrir a la ceremonia oficial. Honraba Perón así al hombre que había servido al país, con su clara inteligencia, al desvirtuar una de las mentiras más finamente urdidas por la extranjería. como escritor y como hombre, es decir, como argentino total. No aceptó la neutralidad de la inteligencia. Luchó sin lamentaciones contra la montaña de falseamientos y cancelaciones canallas de la antipatria. Y aquí debo tocar, aunque más no sea de paso, un hecho en la vida de Raúl Scalabrini Ortiz. Como todo gran patriota fue calumniado y odiado por los personeros de la entrega, por el liberalismo colonial aliado a Gran Bretaña, y por la izquierda extranjerizante que lo acusó de “nazi”, justamente a este defensor de las masas proletarias postergadas y de la soberanía nacional profanada por la oligarquía y el imperialismo. Pero una infamia aún más inicua rozó a Raúl Scalabrini Ortiz. Al caer Perón, bajo la instigación directa de Rogelio Frigerio y Arturo Frondizi se intentó apañar con su nombre la entrega del petróleo. No podemos hacer aquí la historia de esta operación fría, imperdonable y cruel. Pero ayer, en un diario de esta capital, se insiste en esta infamia. Sólo diremos en este acto, que por solemne exige la verdad, que para usufructuar el nombre de Raúl Scalabrini Ortiz, se adulteraron los contratos con las compañías norteamericanas presentándolos como favorables al interés nacional. Raúl Scalabrini Ortiz retrocedió a tiempo y permaneció incorruptible ante su pueblo. Pero la amargura de esta operación perversa fraguada por quienes se dijeron sus amigos, lo acompañó hasta la tumba, y quedará como un estigma irredimible en la conciencia de los culpables. Y finalmente, condenado a vivir en la sombra, Raúl Scalabrini Ortiz alumbró toda una época.
Raúl Scalabrini Ortiz pronosticó sobre las piltrafas áureas de la Argentina colonial, el porvenir de la Argentina liberada y su efectuación histórica en la actividad de las grandes masas nacionales. Eso fue Raúl Scalabrini Ortiz. Por eso, repetimos, es un símbolo vivo de la inteligencia nacional.
www.elortiba.org
martes, 11 de enero de 2011
ARGENTINA: NUESTRA SOBERANÍA SOBRE LAS MALVINAS
A 178 años de la ocupación ilegal británica
Pocos días atrás se ha difundido un documento del gobierno argentino en el cual reafirma -una vez más- los derechos de soberanía de nuestro país ‘…sobre las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur y los espacios marítimos circundantes, que son parte integrante de su territorio nacional.’
El pronunciamiento se ha conocido en ocasión del 178 aniversario de la usurpación, por parte de fuerzas británicas, de nuestras islas.
En efecto, el 3 de enero de 1833, los ingleses tomaron posesión violenta e ilegitima de parte de nuestro territorio valiéndose de la crisis organizativa y política de la Argentina de ese entonces(en la que mucho tuvieron que ver, junto a sus aliados locales y circunvecinos).
Hasta el momento los usurpadores se niegan a sentarse a discutir sobre esos derechos reclamados y a la vez nos provocan constantemente con maniobras unilaterales rechazadas por los pueblos de América Latina, expresados en el UNASUR, MERCOSUR, el Grupo de Río, la Cumbre de América Latina y el Caribe y la Cumbre Iberoamericana.
Nuestros reclamos nunca dejaron de hacerse y han tenido un duro y doloroso acto de reafirmación, como lo es, la guerra del Atlántico Sur en 1982 que ha costado casi 700 vidas argentinas. También miles de heridos, en muchos casos con graves secuelas.
Pero no fue la única sangre vertida: en enero de 1977, la dictadura militar fusila a Dardo Manuel Cabo, peronista y jefe del grupo ‘Cóndor’ que concretara la reivindicación sobre nuestra tierra irredenta en 1966.
Los mismos dictadores y sus esbirros pretenderían –unos años después- pasar a la historia en una guerra anticolonialista, conducida por generales de cartón y ministros/gerentes de multinacionales. Claro querían borrar con el codo lo que escribieron con el dedo en el gatillo y así nos fue…
Paradojas del destino: hoy Dardo Cabo, quien peleó –CON HONOR Y HEROISMO y desde el campo del pueblo- todas las guerras que su destino le impuso pelear, es una figura que sintetiza el patriotismo del siglo XX en cambio sus fusiladores deben afrontar la justicia y pudrirse en la cárcel mientras reclaman –patéticamente- un triunfo, por haber reprimido al pueblo, en nombre de los mismo intereses que nos impiden poseer nuestras Malvinas.
PERONISMO 26 DE JULIO
SECRETARIADO POLITICO NACIONAL,
Enero de 2011.
viernes, 24 de diciembre de 2010
domingo, 19 de diciembre de 2010
Esa mujer, militante desde los tiempos de la resistencia
Hace unos meses atrás recibimos en nuestra casa la visita de Leonor, asi de sorpresa, como suelen ser las visitas compañeras, que no necesitamos dar una cita ni avisar cuando queremos compartir un rato para conversar, conocernos y charlar sobre lo que nos apasiona, la militancia, el Peronismo, la Historia...
Asi de sorpresa llego Leonor, con su extraordinaria vitalidad, con una fuerza y alegría que contagia.
Quienes la conocimos en esa ocasion jamás olvidaremos esa mañana!!
Gracias Leonor por tu generosidad, tu compañerismo y por mantener las banderas en alto.
Compartimos la nota publicada este domingo en EL DIARIO de Paraná
ESA MUJER, MILITANTE DESDE LOS TIEMPOS DE LA RESISTENCIA
Fue la compañera de Julio Troxler, un referente histórico de la lucha contra la autodenominada Revolución Libertadora, que salvó su vida milagrosamente de los fusilamientos de José León Suárez y terminó asesinado por la Triple A. A los 91 años, la mujer no descansa. En una charla con EL DIARIO recorrió algunos momentos de aquella historia y también de su relación con el cura que vivió en Concordia, condenado por crímenes de lesa humanidad.
|Juan Cruz Varela
La mujer habla rápido y salta con mayor velocidad de un tema a otro. A los 91 años tiene la vitalidad de pocos y discute con total desparpajo. Calza un equipo deportivo y lleva el cabello rubio bien arreglado. Cada gesto resalta aún más sus ojos grandes y dejan ver un celeste luminoso.
Aunque su apellido mueve los recuerdos hacia otro lado, Leonor von Wernich es la viuda de Julio Troxler, ícono de la resistencia peronista y uno de los sobrevivientes de la operación masacre de 1956. “Somos parientes con el mamarracho ese”, dice refiriéndose a Christian von Wernich, el ex capellán de la Policía Bonaerense que purga una condena por crímenes de lesa humanidad. “Su abuelo y el mío eran hermanos. Nosotros somos primos, pero nunca tuvimos trato, por suerte. ¡Y lo que he luchado contra ese desgraciado!”, exclama.
Llegó hace una docena de años a Paraná y hoy vive con una cuñada. En el camino quedaron Rodolfo y Milena, sus hermanos, hijos de Dora Ponce de León, maestra de oficio, y Federico, un padre ausente.
RESISTENCIA. “A Julito lo conocí en la cárcel de Olmos”, cuenta. “Nosotros teníamos un grupo de compañeras con las que visitábamos a los detenidos políticos que estaban solos. Un día fuimos a visitar a John William Cooke y él me dijo que había compañeros presos políticos, que no tenían familiares, entonces a mí me pusieron como visitante de uno de ellos. Ahí lo conocí. Lo sacaron del pabellón, lo trajeron a un salón y conversamos un rato”, rememora.
Era el año sesenta y pico y Troxler, Julito, como lo llamará a lo largo de toda la charla, ya era un sobreviviente. Vivía clandestino entre Bolivia y la Argentina desde que salvó su pellejo de la masacre ordenada contra un grupo de militantes peronistas que se había levantado contra la autodenominada Revolución Libertadora y para restituir a Perón.
Leonor ya habitaba la casa que luego compartirían, en calle Julio Argentino Roca 1444, en Vicente López, la misma a la que ahora quieren renombrar como Julio Troxler. Su madre le había inspirado la pasión peronista. “La mujer estaba desprotegida por completo en ese tiempo y ella empezó a escuchar a ese militar, hasta que comenzamos a tomar contacto con unidades básicas y con militantes peronistas”.
La segunda vez que vio a Troxler fue en su casa. “La situación era comprometida. Julito y sus compañeros estaban clandestinos y las familias los acogíamos en las casas. A mí me tocó recibirlo y empezamos a tener más intimidad, hasta que finalmente formalizamos”.
MILITANCIA. No toma café, pero ahora lo hace para hacer honor a quien está de visita. “Lo que estoy perdiendo un poco es la memoria”, dispara cuando algún dato le hace una finta y huye de su relato. Entonces cambia de tema. En ese ir y venir dialéctico llama la atención la permanente utilización del “tu” para hablarle a su interlocutor.
–¿Cómo era la militancia en los tiempos de la resistencia?
–Yo militaba fuertemente en la rama femenina, en un grupo que se llamaba Montoneras de Perón; actuábamos en unidades básicas y en todo lo que hiciera falta. Además, había un grupo de intelectuales que conformaban el gran consejo coordinador del peronismo revolucionario, entre los que estaban Andrés Framini, que era secretario general de la Asociación Obrera Textil y llegó a ser electo gobernador de Buenos Aires en 1962, cuando el peronismo estaba proscripto; Raimundo Ongaro, que representaba a los trabajadores gráficos; y el escritor y político Juan José Hernández Arregui, que también nos guió mucho en esta lucha, sobre todo por la reivindicación de una conciencia nacional. Por esas luchas varias veces nos metieron presas y otras tantas nos allanaron, pero nunca nos torturaron.
DOLOR. Restaurada la democracia, Julio Troxler se desempeñó como Jefe de la Policía de Buenos Aires durante la gestión como gobernador de Pedro Bidegain, hasta que dejó el cargo tras un intento de copamiento a la guarnición militar de Azul, el 19 de enero de 1974. “A los tres meses tuvo que renunciar por el bombardeo constante que recibía. Nos tiraban de todo, no se podía gobernar y entonces renunció”, recordó Leonor.
Sin embargo, Troxler continuó con su militancia. Fue delegado de Perón en Mar del Plata hasta que accedió a un cargo docente en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. “En eso estaba cuando lo mataron. Fue una monstruosidad. Matarlo a Julito como lo mataron. Lo levantaron cuando bajaba del colectivo. Eran como las 12.30. Llegaron tres automóviles y bajaron cinco personas. Lo obligaron a subir en un auto color negro, lo hicieron poner con la cabeza abajo en el fondo y marcharon hasta los paredones del ferrocarril, en Barracas. Lo mataron y lo dejaron tirado ahí, a plena luz del día, con una tarjeta que decía ‘por bolche y mal argentino’. Porque todos éramos bolches”.
Las palabras le salen como frases sueltas, mezcladas con impotencia y dolor pero sin resentimiento. Así recuerda Leonor ese 20 de septiembre de 1974. El crimen fue perpetrado por la Triple A.
–¿Como siguió su vida después?
–Seguí luchando, más todavía, pero siempre en forma clandestina. Cuando lo mataron a Julito perdí la voz durante un tiempo. Dicen que siempre que pasa algo grave el cuerpo lo sufre de distintas maneras.
–¿Y hoy cómo lo recuerda?
–Lo recuerdo permanentemente como una persona a la que no podían desviar. Nadie lo compraba y por eso lo mataron. Cuando a Julito lo mandaban como representante a algún lado, viajaba en segunda, para no gastar, porque estábamos en la resistencia. Es que al dinero pocos se resisten, y él estaba con el pueblo, con el pueblo trabajador.
CRISTINA
El anteúltimo fin de semana de noviembre la encontró en San Pedro, donde la Presidenta de la Nación encabezó el acto por el Día de la Soberanía Nacional, en conmemoración por la Batalla de la Vuelta de Obligado.
“Estoy a muerte con Cristina, la admiro profundamente, porque es de una inteligencia preclara. Mirá cómo nos lleva con esto de la debacle económica mundial, algo que nosotros ya pasamos con Menem por toda la entrega que hizo”, afirma sin dudar.
Todos los días lee Página/12 y no se pierde ninguna emisión de 6-7-8, el programa de la televisión pública. A veces algún libro logra atrapar su atención. El jardín y las plantas del fondo también la entretienen de vez en cuando. Así pasa los días Leonor von Wernich, que a los 91 sigue siendo una militante.
FUENTE
Asi de sorpresa llego Leonor, con su extraordinaria vitalidad, con una fuerza y alegría que contagia.
Quienes la conocimos en esa ocasion jamás olvidaremos esa mañana!!
Gracias Leonor por tu generosidad, tu compañerismo y por mantener las banderas en alto.
Compartimos la nota publicada este domingo en EL DIARIO de Paraná
ESA MUJER, MILITANTE DESDE LOS TIEMPOS DE LA RESISTENCIA
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| La compañera Leonor von Wernich (foto :Jose Carminio) |
Fue la compañera de Julio Troxler, un referente histórico de la lucha contra la autodenominada Revolución Libertadora, que salvó su vida milagrosamente de los fusilamientos de José León Suárez y terminó asesinado por la Triple A. A los 91 años, la mujer no descansa. En una charla con EL DIARIO recorrió algunos momentos de aquella historia y también de su relación con el cura que vivió en Concordia, condenado por crímenes de lesa humanidad.
|Juan Cruz Varela
La mujer habla rápido y salta con mayor velocidad de un tema a otro. A los 91 años tiene la vitalidad de pocos y discute con total desparpajo. Calza un equipo deportivo y lleva el cabello rubio bien arreglado. Cada gesto resalta aún más sus ojos grandes y dejan ver un celeste luminoso.
Aunque su apellido mueve los recuerdos hacia otro lado, Leonor von Wernich es la viuda de Julio Troxler, ícono de la resistencia peronista y uno de los sobrevivientes de la operación masacre de 1956. “Somos parientes con el mamarracho ese”, dice refiriéndose a Christian von Wernich, el ex capellán de la Policía Bonaerense que purga una condena por crímenes de lesa humanidad. “Su abuelo y el mío eran hermanos. Nosotros somos primos, pero nunca tuvimos trato, por suerte. ¡Y lo que he luchado contra ese desgraciado!”, exclama.
Llegó hace una docena de años a Paraná y hoy vive con una cuñada. En el camino quedaron Rodolfo y Milena, sus hermanos, hijos de Dora Ponce de León, maestra de oficio, y Federico, un padre ausente.
RESISTENCIA. “A Julito lo conocí en la cárcel de Olmos”, cuenta. “Nosotros teníamos un grupo de compañeras con las que visitábamos a los detenidos políticos que estaban solos. Un día fuimos a visitar a John William Cooke y él me dijo que había compañeros presos políticos, que no tenían familiares, entonces a mí me pusieron como visitante de uno de ellos. Ahí lo conocí. Lo sacaron del pabellón, lo trajeron a un salón y conversamos un rato”, rememora.
Era el año sesenta y pico y Troxler, Julito, como lo llamará a lo largo de toda la charla, ya era un sobreviviente. Vivía clandestino entre Bolivia y la Argentina desde que salvó su pellejo de la masacre ordenada contra un grupo de militantes peronistas que se había levantado contra la autodenominada Revolución Libertadora y para restituir a Perón.
Leonor ya habitaba la casa que luego compartirían, en calle Julio Argentino Roca 1444, en Vicente López, la misma a la que ahora quieren renombrar como Julio Troxler. Su madre le había inspirado la pasión peronista. “La mujer estaba desprotegida por completo en ese tiempo y ella empezó a escuchar a ese militar, hasta que comenzamos a tomar contacto con unidades básicas y con militantes peronistas”.
La segunda vez que vio a Troxler fue en su casa. “La situación era comprometida. Julito y sus compañeros estaban clandestinos y las familias los acogíamos en las casas. A mí me tocó recibirlo y empezamos a tener más intimidad, hasta que finalmente formalizamos”.
MILITANCIA. No toma café, pero ahora lo hace para hacer honor a quien está de visita. “Lo que estoy perdiendo un poco es la memoria”, dispara cuando algún dato le hace una finta y huye de su relato. Entonces cambia de tema. En ese ir y venir dialéctico llama la atención la permanente utilización del “tu” para hablarle a su interlocutor.
–¿Cómo era la militancia en los tiempos de la resistencia?
–Yo militaba fuertemente en la rama femenina, en un grupo que se llamaba Montoneras de Perón; actuábamos en unidades básicas y en todo lo que hiciera falta. Además, había un grupo de intelectuales que conformaban el gran consejo coordinador del peronismo revolucionario, entre los que estaban Andrés Framini, que era secretario general de la Asociación Obrera Textil y llegó a ser electo gobernador de Buenos Aires en 1962, cuando el peronismo estaba proscripto; Raimundo Ongaro, que representaba a los trabajadores gráficos; y el escritor y político Juan José Hernández Arregui, que también nos guió mucho en esta lucha, sobre todo por la reivindicación de una conciencia nacional. Por esas luchas varias veces nos metieron presas y otras tantas nos allanaron, pero nunca nos torturaron.
DOLOR. Restaurada la democracia, Julio Troxler se desempeñó como Jefe de la Policía de Buenos Aires durante la gestión como gobernador de Pedro Bidegain, hasta que dejó el cargo tras un intento de copamiento a la guarnición militar de Azul, el 19 de enero de 1974. “A los tres meses tuvo que renunciar por el bombardeo constante que recibía. Nos tiraban de todo, no se podía gobernar y entonces renunció”, recordó Leonor.
Sin embargo, Troxler continuó con su militancia. Fue delegado de Perón en Mar del Plata hasta que accedió a un cargo docente en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. “En eso estaba cuando lo mataron. Fue una monstruosidad. Matarlo a Julito como lo mataron. Lo levantaron cuando bajaba del colectivo. Eran como las 12.30. Llegaron tres automóviles y bajaron cinco personas. Lo obligaron a subir en un auto color negro, lo hicieron poner con la cabeza abajo en el fondo y marcharon hasta los paredones del ferrocarril, en Barracas. Lo mataron y lo dejaron tirado ahí, a plena luz del día, con una tarjeta que decía ‘por bolche y mal argentino’. Porque todos éramos bolches”.
Las palabras le salen como frases sueltas, mezcladas con impotencia y dolor pero sin resentimiento. Así recuerda Leonor ese 20 de septiembre de 1974. El crimen fue perpetrado por la Triple A.
–¿Como siguió su vida después?
–Seguí luchando, más todavía, pero siempre en forma clandestina. Cuando lo mataron a Julito perdí la voz durante un tiempo. Dicen que siempre que pasa algo grave el cuerpo lo sufre de distintas maneras.
–¿Y hoy cómo lo recuerda?
–Lo recuerdo permanentemente como una persona a la que no podían desviar. Nadie lo compraba y por eso lo mataron. Cuando a Julito lo mandaban como representante a algún lado, viajaba en segunda, para no gastar, porque estábamos en la resistencia. Es que al dinero pocos se resisten, y él estaba con el pueblo, con el pueblo trabajador.
CRISTINA
El anteúltimo fin de semana de noviembre la encontró en San Pedro, donde la Presidenta de la Nación encabezó el acto por el Día de la Soberanía Nacional, en conmemoración por la Batalla de la Vuelta de Obligado.
“Estoy a muerte con Cristina, la admiro profundamente, porque es de una inteligencia preclara. Mirá cómo nos lleva con esto de la debacle económica mundial, algo que nosotros ya pasamos con Menem por toda la entrega que hizo”, afirma sin dudar.
Todos los días lee Página/12 y no se pierde ninguna emisión de 6-7-8, el programa de la televisión pública. A veces algún libro logra atrapar su atención. El jardín y las plantas del fondo también la entretienen de vez en cuando. Así pasa los días Leonor von Wernich, que a los 91 sigue siendo una militante.
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viernes, 17 de diciembre de 2010
Acto Lanzamiento de Campaña Agustín Rossi
El mièrcoles 8 de diciembre se realizó el acto de lanzamiento de Agustín Rossi para gobernador de Santa Fé. Los compañeros de Rosario participaron con una actividad de Prensa y Propaganda
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